• feb 23 2009

    Anochece a las siete. El ambiente rural castellano ofrece al visitante escaso refugio acogedor en Quintanilla de Onésimo (el sistema informático se empeña en corregir lo que considera un error y escribe enésimo), pueblo vallisoletano de semblante adusto como el político que le hizo famoso, José María Aznar, que, desde 1987 y hasta sus etapas como presidente del Gobierno, acudía allí a inaugurar sus cursos políticos.

    De repente, el invierno cambia: una cuidada iluminación, una copa de un buen vino poco conocido -Pico Cuadro-, la chimenea encendida, el rumor de una presa en el río, grandes ventanales hacia una chopera desnuda, gruesas paredes de piedra actualizadas con una decoración minimalista de gusto nórdico -también estricta, pero serena; de las que dan calma, no de las que te desabrigan-. Es la posada Fuente de la Aceña (www.fuenteacena.com; 983 68 09 10. Promoción de fin de semana, 135 euros por dos noches, desayunos, cena degustación y visita a bodega), abierta en 2002 tras una acertada reforma, salvo en algunos rincones, como la bajada a las habitaciones, llevada a cabo por el arquitecto de Valladolid Roberto Valle. El hotelito combina el edificio de un antiguo molino harinero de más de 300 años que perteneció a los marqueses de Alonso Pesquera con un respetuoso paralelepípedo de cristal con las 22 habitaciones distribuidas en dos plantas, que miran, transparentes, al Duero, para que se cuele el enésimo rumor del agua entre los juncos y el viento entre los álamos. En la carta del silencioso y espacioso restaurante, uno de los más apreciados de la zona, se apaga el día y enciende la noche con especialidades como lasaña de morcilla, garbanzos negros con pulpo y sepia, y cochinillo confitado con manzana asada. Pero al final, el viajero opta por una tabla de quesos artesanos castellanos y una copa de Pago de Carraovejas.

    Fantasmas aparcados

    Antes de entrar en la cama, el viajero consigue dejar al otro lado de la gran cristalera, al borde del barranco que da al río, a esos fantasmas nocturnos que esperan sentados en la butaca del dormitorio para asaltarnos en cuanto despertamos o nos levantamos al baño.

    Amanece con pereza, nuboso. No es poco. Dos pequeñas carreteras, unas pocas decenas de kilómetros, marcan la esencia de esta comarca vinícola en Valladolid: hasta Peñafiel y hasta Pesquera de Duero; olores, colores y paisaje definitorios, que no definitivos, porque vendrá la primavera, porque habrán de llegar tiempos más expansivos, y se revolucionarán de verdes. Viñedos bien cuidados, bien alineados, peinados y como cuidadosamente maquillados. En Quintanilla de Onésimo, pagos de Viña Mayor y Dominio de Pingus. Hacia Peñafiel, los dominios del famosísimo Vega Sicilia y de la moderna bodega, construida en los años ochenta, de Arzuaga. En Pesquera, las tierras de Alejandro Fernández, Emilio Moro y Dehesa de los Canónigos. En Peñafiel, Protos. Todas de renombre y prestigio. Pueblos discretos, blanquecinos, como si todos estuvieran construidos con la apreciada piedra caliza del cercano Campaspero, y silenciosos, como si todos estuvieran hechos del revoloteo de tórtolas y gorriones que ponen la escala a la cúpula de un cielo por aquí más amplio, como si quisiera, a falta de elevaciones más altas que las amables ondulaciones de collados y riberas, ocuparlo todo.

    Y en Peñafiel marca esta pequeña ruta, para viajar entre susurros, otro remanso en el Duero: el asador Molino de Palacios (www.molinodepalacios.com; 983 88 05 05; unos 40 euros), que ocupa desde 1995 un edificio del siglo XVI. Emilia, la encargada del local, deja entrever parte de esa alma austera castellana que, a veces con razón, ha traspasado fronteras. “Hola, soy periodista, ¿le puedo hacer unas preguntas?”. “No, no, no quiero saber nada de prensa; el presupuesto de publicidad ya lo hemos cubierto para este año”. “No cobramos ni es publicidad, es información para un reportaje”. “Bueno, pero cinco minutos, ¿eh?, que tengo que recoger la cocina”. Su molino sí concede abrigo, entre patos y humedad, entre muros gruesos con una cálida decoración agreste, de cedazos y manojos de tomillo; y proporciona para entonarse en estos días desabridos una cocina muy castellana: lechazo asado, escabechado de caza, pollo de corral, setas, croquetas definitivas, y el postre de hojaldre caliente. Entre ventanas y ventanucos se cuela el río y las confidencias de los viajeros, porque cuando el paisaje se entrega tan despojado, tan despejado, queda más hueco para la aportación personal al camino.

    Hay más propuestas para no darle tantas vueltas a las obsesiones en una conversación que gira como la piedra que prensaba el grano en el molino de Emilia, para salir del viaje en espiral y hacerlo longitudinal. A escasos kilómetros de este tramo que hemos amojonado entre dos molinos: el monasterio de Santa María de Valbuena, en San Bernardo, sede permanente de la exitosa y maratoniana Fundación de Las Edades del Hombre; el restaurante Casa Aurelio, en Canalejas de Peñafiel, virtuoso en la preparación del bacalao; el Museo del Vino, un afinado e interactivo contenedor dentro del castillo de Peñafiel, cuya silueta blanquecina es de las fortalezas más conocidas en España.

    Al finalizar la ruta y el fin de semana, el viajero siente cierta ansiedad al haber desnudado tanto sus sentimientos, en consonancia con el paisaje y las paredes. Y nota que los fantasmas han vuelto y se han colado en el asiento de la parte de atrás del coche.

    Posted by Fabian @ 14:09

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