• jun 01 2009

    Existen 2 tipos de vinos caros, los de precios desorbitantes pero imbebibles; los llamados vinos de coleccionistas que alcanzan cifras mareantes en casas de subastas pero que nunca se llegarán a abrir.

    Pero también existe otra categoría de vino caro. Nos referimos a esos vinos buenísimos cuyo precio se justifica por el contenido. En esto sí, la calidad de su contenido es la base de su precio. Son vinos que gozan de una fama magnífica entre los críticos, que hasta el menos bebedor conoce por su nombre y que, lo que es más difícil, han mantenido una calidad sostenida y constante durante bastantes años. Son los vinos buenos de toda la vida.

    Son vinos que se han hecho su hueco en el mercado, han logrado un nombre y una marca. El ejemplo más claro son los grandes vinos franceses. Chateau Petrus, Mouton Rostchild, Haut Brion, Salon, Krug… nombres que ponen los dientes largos a cualquiera y que entran en los sueños de cualquier enófilo y en las pesadillas de sus cónyuges. Si vamos a algo más doméstico, el gran ejemplo nacional, es sin duda el Vega Sicilia.

    Un Petrus de Burdeos puede costar unos 2000 €. Château Mouton Rostchild puede salir para una añada reciente entre 600 € y 800 €. Los Pinot Noir de Borgoña tienen su cima en La Tâche, por el que les pueden pedir hasta 2000 €. En cuanto a blancos, Borgoña y Champagne se llevan la palma de los vinos caros. No encontrarán un Romanée Conti blanco de Borgoña por menos de 300 €. Si tienen memoria, recuerden este nombre Meursault Perrières de Coche-Dury. Hasta 900 € les pueden pedir por uno de estos blancos. Mientras que un Champagne de la categoría de Clos du Mesnil de Krug, Salon o Cristal cuesta alrededor de los 300 €. Y si hablamos de dulces caros, de nuevo los franceses ganan por goleada. Los Sauternes, especialmente el mítico Château d’Yquem: media botella por unos 270 €.

    El precio se justifica en parte por la garantía que se ofrece al comprador. Y esa seguridad es algo que no se paga a cualquier precio. Dentro de estos vinos buenos de toda la vida, destacan las añadas excepcionales. Una primavera adecuada y un buen verano los ha hecho mejores y, claro está, sensiblemente más caros. Estas añadas tienen además la ventaja de que el vino mejora y mejora con los años. A veces hasta 10 años recomiendan que esperemos para beberlos… el que tenga paciencia y el sitio adecuado.

    Unas condiciones meteorológicas fuera de lo habitual hacen que ese vino de ese año sea extraordinario; en el sentido literal de extraordinario. Es el caso por ejemplo de la añada del 1977 en Oporto. 1990,1992 y 2002 en Borgoña; no deja de ser curioso que por ejemplo 2000 sólo fuera buena para los blancos mientras que para los tintos fuera un desastre. En Burdeos destacan 1995,1989,1985 y1982; mientras que el 2003, fue una añada para recordar en las subzonas de Médoc y Graves y para olvidar en Pomerol, que está a sólo 40 km de las dos anteriores. En Rioja, las más recientes han sido el 1995 y 2003. Claro que también las hay fatales. Como por ejemplo, el 2001 en Ribera del Duero que no dio demasiadas alegrías y el 2002 que dejó en la estacada a los riojanos.

    Estos vinos alcanzan precios mucho más altos que los de una añada normal, sencillamente porque la gente te los quita de las manos. Ya sabemos que son buenos, pero es que ese año son mucho mejores. Una doble garantía que hace que cualquier sibarita pierda el norte y hasta la cartera por conseguir uno.

    Pero, si como simples aficionados quieren un día darse el capricho, mi consejo es que compren una añada modesta y no la guarden mucho. Se ahorrarán tiempo y dinero.

    Vía Diario de León

    Posted by Fabian @ 20:53

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