• jun 21 2010

    Es un buen momento para hablar de Sudáfrica, a sus vinos me refiero, en la mente de todos está, sin duda la la Copa Mundial de Futbol,  una excelente y única oportunidad para la industria del vino sudafricano para promocionar sus vinos.

    Antes de entrar un poco en la historia del vino sudafricano, si me preguntan que podemos esperar de sus vinos, les diría que la industria vitivinicola sudafricana es una amalgama del Viejo Mundo y del Nuevo.

    Sudáfrica es un cruce de caminos tratando de tener la vitalidad, suavidad al beberla y la fruta del Nuevo Mundo y combinada con la estructura y elegancia del Viejo Mundo.

    Es asombroso darse cuenta de que la industria del vino en Sudáfrica no tiene más de 20 años, a su lanzamiento mundial me refiero. Los años del apartheid no fueron buenos compañeros de viaje para la industria vitivinicola – clones de mala uva, portainjertos en regiones pobres y la falta de interacción con las demás zonas en crecimiento (y por tanto no compartian técnicas y avances en la producción y en la viticultura). La calidad baja encasillo a los vinos sudafricanos.

    Pero haciendo un poco de historia de la viticultura sudafricana, empieza en 1652, cuando un grupo de mercenarios holandeses contratados por la Compañía Holandesa de Indias Orientales desembarcó en el Cabo de Buena Esperanza con la misión de instalar una estación de abastecimiento para los navíos que recorrían la ruta de las especias.

    Un clima de tipo mediterráneo (largos veranos cálidos con inviernos suaves y bastante húmedos) sin duda impulsó a estos primeros e improvisados colonos a intentar el cultivo de la vida. Así, en febrero de 1659 se realizó la primera vendimia sudafricana, en su totalidad de variedades blancas. Elaborados de manera muy rudimentaria, los vinos resultaron rústicos pero aún así de inestimable valor sanitario: la ingesta de vino (por su contenido de ácidos cítrico y tartárico) constituía un tratamiento preventivo contra el escorbuto, el terror de los marinos.

    Como suele suceder, la mejora en calidad y el desarrollo llegaría de la mano de un joven emprendedor y acomodaticio (todo hay que decirlo): el nuevo comandante de Ciudad del Cabo. Poco después de su arribo en el año 1679, Simon van der Stel promulgó decretos que obligaban a los noveles viticultores, bajo amenaza de severas multas, a no vendimiar sus uvas hasta que estuviesen en perfecto grado de madurez y a realizar las labores de fermentación y añejamiento en cubas y bodegas acondicionadas a tal fin.

    Aunque el estatuto de la Compañía prohibía expresamente a sus empleados adquirir propiedades coloniales y establecer comercio, sabemos que van der Stel hizo una excepción con su propia persona apropiándose ilegalmente de vastas extensiones de viñedos al sureste de Ciudad del Cabo, a cuyo conjunto bautizó Constantia. Al año de haberse establecido como comandante interino del Cabo, los vinos de van der Stel ya gozaban de cierto prestigio en Europa, y con el tiempo se convirtieron en una especialidad rarísima y altamente cotizada, al punto de convertirse en uno de los vinos favoritos de Napoleón a quién se le enviaban ingentes cantidades durante sus últimos años de exilio en Santa Elena. Podemos establecer que hacia mediados del S.XIX ya se bebía y se hablaba de vino sudafricano en Europa.

    Con todo, la verdadera revolución del vino sudafricano la desencadena la revocación del Edicto de Nantes firmada por Luis XIV que otorga la libertad de culto a los Hugonotes franceses y habilita a una buena parte de esta comunidad a establecerse en Holanda y más tarde, a unos doscientos de ellos la mayoría con una amplia experiencia en la producción vitivinícola, a emigrar a las colonias sudafricanas. Así que además de las vides, este es el verdadero regalo del viejo mundo al nuevo mundo del vino, el know how enológico.

    En la actualidad

    En 1925 el enólogo sudafricano Abraham Perold obtiene una cruza entre las variedades Pinot Noir y Cinsault, que obtiene el nombre de Pinotage. Ciertamente denostado, debido a que en ocasiones el afán de los países productores por tener un varietal-marca país no da los mejores resultados.

    La variedad suele proveer vinos simples, con un perfil aromático que recuerda a frambuesas sobre todo y de escasa carga tánica. Aún no he probado el Pinotage que logre convencerme sobre el potencial cualitativo de la variedad. Me inclino por los vinos sudafricanos a base de Shiraz, o cortes con predominio de esta variedad. Aunque también he podido probar exquisitos y aromáticos vinos blancos a base de uvas Chenin y Chardonnay. Sudáfrica cuenta con casi una decena de regiones vitivinícolas, destacándose en producción de alta calidad las zonas de Paarl y Stellenbosch.

    La calidad del vino ha mejorado inmensamente, gracias a los incansables trabajos realizados para promocionar la Pinotage y la Chenin – tesoros del país -, además de grandes avances en la experimentación con la biodinámica, mezclas de blanco y variedades tintas, que han empujado a la industria sudafricana a un emocionante período de experimentación.

    Posted by Glen Scott @ 16:36

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