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Como el mejor procedimiento para conocer un vino es beberlo, se aspirará con la nariz, con la boca abierta y después, removerlo un poco para saborear su aroma. Se bebe el 1º sorbo con tranquilidad y se pasea por todo el paladar llevándolo con la lengua hasta el flequillo. La sensación permanece tras el trago pero, durante unos segundos se mantiene en la boca, para percibir en las papilas todo el aroma.
La nitidez se comprueba observando al contraluz el vino en una pequeña copa de cristal incoloro. El color puede ser blanco, tinto y rosado. El blanco se distingue en verdoso, pálido, amarillo, amarillo dorado. El color del vino tinto es violáceo, rojo vivo, rubí rojo, granate o de color ranciete. El rosado puede ser rojo cereza o de color ranciete. Para percibir con intensidad los olores del vino, hay que agitar el líquido en la copa después de calentarla con la mano.
En el vino se distinguen 3 olores; vinoso, perfumado o bouquet y el aroma. El 1º es el olor de los vinos jóvenes. El 2º corresponde a los anejos y el aroma es el olor de algunas uvas. En los vinos defectuosos, se perciben olores a moho, podrido, madera nueva resinosa, uva podrida, azufre,...
La gama de sabores es muy diversa y variada: amable o pastoso, abocado, dulce, alcohólico, fresco, acidoso, ácido, tánico, astringente, áspero, amargo, suave o aterciopelado y larga lista de adjetivos que puede colocarse detrás de cada caldo según zona y característica. La pericia de un buen catador se determina sometiéndole a un exhaustivo examen de sabores.
He aquí unos consejos:
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No catar en ayunas.
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No abusar del tabaco.
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La degustación no es posible cuando se está acatarrado.
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Al degustar varios vinos hay un orden: 1º los blancos; luego los tintos. También se debe comer algo de vez en cuando y beber un poco de agua para limpiar la boca.
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